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viernes, 9 de octubre de 2015

Yo adoro, tu adoras,

 ellos adoran.



Salmos 63:1 "Oh Dios, tu eres mi Dios; Yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de Ti, todo mi ser te anhela cual tierra seca, extenuada y sedienta"

Este Salmo lo escribió David estando en el desierto. No es fácil adorar en el desierto; se requiere una profunda relación y revelación del Padre, y un corazón de adorador.
David adoró a Dios desde su juventud hasta ser un anciano; Amaba la presencia del Señor; Le comenzó adorando en el anonimato (detrás de la ovejas) y a la postre en estrados de honra. El no era perfecto, pero el desarrollo de una vida de adoración, lo hizo perfecto ante el Altísimo.
Dice Marcos 12:30 Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fueras.
Quien no ame al Padre de esta manera, no puede ser un adorador. El desea nuestra totalidad rendida a Sus pies...amándolo.
Dice Juan 4:23 Pero llega la hora, y es ahora mismo, cuando los que de veras adoran al Padre lo harán de un modo verdadero, conforme al Espíritu de Dios, pues el Padre quiere que así lo hagan los que le adoran.
Podemos comenzar a cantar y levantar las manos, desbordar nuestra alma ante Dios; Pero el clímax de ese tiempo es cuando trascendemos la barrera de lo natural a lo espiritual, y vamos más allá de palabras y formas. Cuando hay esa participación completa como seres tripartitas y nos ínter conectamos con el Espíritu de Dios; lo que produce una gloria Divina en el ambiente, y se manifiestan, dones, sanidades, profecías, liberación y hasta milagros- Eso, en reciprocidad de amores.
La adoración implica espiritualidad, si no seria incompleto el toque de instrumentos o los cantos.
No se trata de la reunión donde se cumple un requisito religioso, esto debe brotar de la actitud correcta de un corazón conforme al de Dios y una vida que se convierta en la mejor armonía que llegue a Su trono y lo invite a bajar para estar más de cerca de Su amada iglesia.
Eso viene siendo el Altar que El desea y nosotros el sacrificio vivo, santo y agradable ante Su Majestad. 
¡Adoremos!, no pensando en recibir algún beneficio, pero con la certeza de que algo sobrenatural ocurrirá.

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